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Hasi zaitez

La alquimia de las almendras

Salgo de casa y una ráfaga de viento invernal me da un bofetón y deshace el peinado que me he arreglado con tan poco esmero. Acto seguido, el sarpullido de luces navideñas que inunda calles y parques me deslumbra y al frotarme los ojos se me corre el rimel.

Ya tenía pocas ganas de ir a la cena de Navidad de la empresa, pero en este momento me apetece darme media vuelta. En diez minutos habré logrado cambiar estos tacones de tortura y este minivestido por mis zapatillas y pijama de franela. Además, echan una peli en La 2 que me gustaría ver.

Enfin, de sobra sé qué es lo que me empuja a salir de casa en esta noche gélida ridículamente emperifollada: conseguir cruzar un par de palabritas con el nuevo contable; y si la cosa pinta bien, consagrar la tradición yanki del beso a media noche para recibir el Nuevo Año, como en la película que al final me perderé.

Llego al restaurante y descubro que mi jefe ha organizado las mesas de forma que nos sentemos por departamentos. ¡Genial! Así no podré acercarme al contable hasta las copas.

Dejo que mis compañeros dominen la conversación, como hacen habitualmente, mientras leo la carta:

Cielo cuajado de estrellas

Ensalada de Poseidón

Contra viento y marea

Tempura a destiempo

Había oído en la oficina que este año íbamos a cenar en un sitio un tanto «peculiar», pero no me esperaba esto. «Tú relájate, chata», me dice Martín, mi compañero del cubículo contiguo al mío que, hoy también, se ha sentado a mi lado. «Solo hay que elegir los postres».

Dirijo mi mirada pues a la sección de postres, con nombres tan singulares como el resto del menú:

Triángulo de las Bermudas

Sorbete del Infierno

Tartaleta Peta Zeta

Suma y sigue. Madre mía, parecen recetas de Halloween. Algo le ha tenido que pasar a mi jefe para traernos a este sitio.

Como me aburro, trato de seguir la conversación de la mesa de al lado; he descartado por completo participar en la de la mía. Por desgracia, también hablan de la Navidad, de los regalos, de las escapadas de esquí, de los trucos del pil-pil, del precio de la ángulo… Definitivamente, tendría que haberme quedado en casa.

El resto de la velada me limito a comer y callar, que para algo he pagado los 45€ de la cena.

Los nombres serán todo lo sugerentes que quieras, la presentación en el plato, más de lo mismo; pero en la boca, dejan mucho que desear. Me temo que tengo que darle la razón en esto a Martín.

Llegan los postres y el camarero se acerca para tomar nota. ¡El pobre, no sabe la que le espera! Somos gente de números, así que todos quieren saber lo que se esconde exactamente detrás de cada nombre antes de atreverse a pedir. Nos indica que tienen órdenes de cocina para no desvelar los ingredientes de los postres, pero, por supuesto, proporcionará esa información altamente confidencial a los alérgicos e intolerantes, si los hubiere.

¿Estará diagnosticada la intolerancia a las cenas de Navidad y a esta última, en general?, me pregunto yo.

Nadie ha osado inventarse alguna alergia para sonsacar al camarero, así que este se anima a hacer sugerencias personales:

«A usted, yo creo que le encantará el Sorbete del Infierno», invita a mi jefa de departamento. ¡Has dado en el clavo, pues es peor que el Demonio!

«Y usted, tiene cara de gustarle el chocolate». Martín asiente. «Pues entonces un Viaje al centro de la Tierra».

Es mi turno. Me mira a la cara y, por un momento, parece dudar, pero al final:

«Un mal día, ¿no? Seguro que la Jodida almendra le alegrará la noche».

Tengo ganas de levantarme y gritarle: «¡¿Con qué derecho te tomas tantas confianzas?!». Sin embargo, aunque me gustaría, no tengo valor.

Cuando vuelve con los postres, me sirve a mí la primera.

«Cómelo antes de que se enfríe».

Tengo la desagradable sensación de que me ha rozado el hombro antes de retirarse.

Mi postre es una especie de bizcocho muy plano y rectangular, con azúcar glas espolvoreado por encima. El plato está decorado con almendras y sirope de caramelo. Ya está: todo el misterio se resume en una simple tarta de Santiago.

Hinco la cucharilla y me llevo un pedacito a la boca. Es cierto que el bizcocho templado contrarresta el amargor de la almendra. Como un segundo trozo y se me escapa un «Ummmm» que hace que mis compañeros se fijen en mí por primera vez en toda la noche ―a excepción de Martín, claro―. No quiero que se acabe tan pronto, pero no puedo parar de comerlo.

Siento un cosquilleo entre las piernas que aumenta hasta sentirme incómoda. Aprovecho para ir al lavabo. Me sorprende en el espejo una sonrisa tímidamente dibujada en mi cara. Me doy cuenta de que no he mirado hacia la mesa del nuevo de camino al baño, y no creo que lo haga cuando salga.

En su defecto, me cruzo con el camarero, que ahora me resulta simpático, en lugar de descarado. Me jode, pero tengo que admitir que lo encuentro atractivo, incluso.

Vuelvo a la mesa. No quiero café: me pido un valenciano. Tardan bastante en traer las copas, y por primera vez en toda la velada, abro la boca. Martín me cuenta que pasará las fiestas en casa de sus suegros en Albacete, como todos los años. También todos los años, yo me invento algún plan fabuloso del que nunca hay fotos a la vuelta de vacaciones. Esta vez contesto a la maldita pregunta, «Y tú, ¿tienes planes?», con un sorprendente «Estoy abierta a lo que surja».

Llegan las copas, decoradas con unas sombrillitas abiertas como mis planes. Cuando termino mi valenciano, cierro la mía para guardarla y llevármela a casa ―me gusta coleccionarlas―. Entonces me doy cuenta de que hay un número de teléfono escrito en el interior de los palitos de madera.

Alba Algarabia

Bilbao, enero de 2015

NOTA: Ejercicio del taller a partir de un título que era el nombre de un plato cedido por una compañera del taller. La protagonista del relato debía reunir las características del ingrediente principal ―la almendra amarga―: amargada, rechazada, incomprendida y dependiente. El plato sería el punto de inflexión de la historia.

Published by kontalamia

Hitzek sorgindu ninduten. Doinu eta forma ezberdinetan nire gorputza bete ostean, borborka hasi dira, ahotik, alutik… Tras largos años de algarabía, mis poros, por ahora, solo sudan en bilingüe. De ahí que este blog haya nacido así. Ongi etorri. Bienvenide. ¡Ah! Sé me olvidaba… ¡Disfruta del viaje!

Utzi erantzun bat

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